Mi fanatismo por The Beatles comenzó desde que tengo uso de razón. Y en este sentido, recuerdo que una de las primeras cosas que me llamó la atención a temprana edad fue que en Abbey Road no todas las canciones eran escritas por Lennon & McCartney, sino que también surgía el nombre de George Harrison como compositor.
Así empezó esta travesía para conocer cada vez más de la carrera de George y sus magistrales contribuciones a The Beatles: temas como “Taxman”, “I Want To Tell You”, “Something” (la mejor canción de amor de la historia, a mi juicio), “Old Brown Shoe” (con ese magistral solo) reafirmaron mi convencimiento que se trataba de un genio absoluto. Y en este contexto, debo citar mis dos favoritas: “Don’t Bother Me” y “I Me Mine”.
Sin embargo, el gran shock se produjo cuando descubrí, influenciado por mi padre por cierto, el disco más grande que haya editado un Beatle en solitario: All Things Must Pass, el clásico de 1970 que, vaya coincidencia, fue editado con dos días de diferencia del día en que 31 años más tarde George fallecería. El álbum me cautivó desde su empaque, con la bella caja con una foto del maestro en blanco y negro: tres discos en que George se “liberó” de todos los obstáculos que experimentó en la banda, para dar rienda suelta a la creatividad, con declaraciones tan sinceras y emocionantes como “My Sweet Lord”, la tremenda “Isn’t It a Pity?” o la que siempre he considerado su mayor obra: “Beware of Darkness”. En aquel entonces, sólo pude quedar impresionado por esta maravilla musical, y convertirme en fanático absoluto de George, lo cual se vio reforzado al descubrir grandes estandartes de su carrera solista, como “Dear One”, “Give Me Love”, “Blow Away” y junto con ello, darme cuenta de la tremenda calidad que exhibía en sus presentaciones en vivo, como ocurre en “Live in Japan” o el grandioso “Concierto para Bangladesh”, uno de los registros en directo más impactantes de todos los tiempos.
Por estas razones, y también por muchas que son difíciles de expresar en palabras, es que me impactó tanto su muerte en 2001. Si bien sabía que estaba gravemente enfermo, es algo que uno nunca espera de los ídolos. Por cierto, también coincidió con el día en que salí de 4 medio, por lo tanto, es una fecha bastante especial en mi vida. De eso, han pasado 10 años y mucha agua bajo el puente, pero hay algo que nunca ha cambiado: George Harrison es y será uno de mis músicos favoritos, un tipo con una mística impresionante, y una consecuencia que desarrolló durante toda su vida. A estas alturas, no podemos remitirnos a hablar del “Beatle tímido”, ya que el hombre encontró el camino perfecto para trascender hasta la inmortalidad. Así como ocurre con Lennon, Hendrix o Víctor Jara, su legado va más allá de la existencia terrenal, es imperecedero y cada vez constituye mayor fanatismo y admiración.
¿Qué quedó pendiente? Mucho. “Too Young to die” como dicen por ahí. Pero el buen George se encargó de dejar todo listo antes de su partida, mostrándonos el camino, entregando su visión sobre el mundo que lo rodeaba y dejándonos obras inolvidables. Como él mismo lo dijo, “todas las cosas deben pasar”. A 10 años, aún extrañamos a George, pero preferimos quedarnos con sus canciones, y con su místico recuerdo. Que así sea.